Crónica 07: CRÓNICAS PRIMAVERALES: 2011, AÑO DE CISNES. Por Juan Carlos “Badlands”.

Este post al completo –texto y selección de imágenes– es una colaboración para Caja de Música de Juan Carlos Belmonte “Badlands”. Juan Carlos, muchísimas gracias por el post, por el currazo, por tu siempre acertada y lúcida opinión,  por el cariño que depositas en todo lo que tenga que ver con la música que tanto amamos… Y aviso ya a los lectores de Caja de Música que durante la semana que viene me curraré un programa dedicado al Primavera 2011 con la lista de canciones seleccionadas por Juan Carlos. ¡Gracias otra vez, compañero, es un lujazo para este blog contar con tu colaboración!

Ya se sabe que no hay nada peor que los conversos. Y lo confieso, soy uno de ellos. Después de años renegando de los festivales de música, la presencia de mis amados Television me obligó en 2003 a dejar de lado mi alergia hacia este tipo de eventos y acudir por vez primera al Primavera Sound, y desde entonces no he faltado a ninguna edición y hace años que me pillo el abono con muchos meses de adelanto y espero la última semana de mayo como los niños a los reyes magos.

Y es que quién me iba a decir a mí que mi ciudad, Barcelona, acogería un festival con un cartel que cada año quita el hipo.

Que nadie lo dude: es mucho mejor ver a tus bandas favoritas en salas pequeñas, pero… hay artistas a los que ningún promotor se atrevería a traer a España si no es en el marco de un festival (este año, por ejemplo, Half Japanese). Y después está la cuestión económica: si madrugas y te pillas el abono a finales del verano anterior, por poco más de cien euritos puedes asistir al Primavera Sound y al Primavera Club (que se celebra en otoño y que también trae buenos bocados: Teenage Fanclub, Edwyn Collins y The Jim Jones Revue, sin ir más lejos, el último año) y ver enteritos entre 20 y 30 conciertos (o más, si el cuerpo aguanta). O sea, que los conciertos te salen a menos de 5 euros. Y, aunque es cierto que por algunos de ellos a priori no pagarías, también es verdad que a veces son los que más te impresionan, en parte porque no te lo esperabas y has decidido ir a verlos por curiosidad, ya que están ahí. Ése ha sido mi caso este año: los dos conciertos con los que más he disfrutado durante este Primavera Sound han sido los de Swans y Sufjan Stevens, que no se contaban entre aquellos que no me pensaba perder por nada del mundo. Pero vayamos por partes (o por días):

Miércoles 25: Tomamos la plaza del Poble Espanyol.

El Poble Espanyol había servido de sede para los primeros Primaveras (hasta 2004) y este año se celebran ahí el día previo y el posterior al grueso del festival. Me persono con tiempo, para evitar las colas: me han de cambiar la entrada por una pulserita y la tarjeta que da acceso al Fórum y que en principio va a servir como tarjeta monedero para pagar en las barras, etc.

Cae un sol de justicia, así que me coloco en la sombra para ver a Las Robertas, trío de Costa Rica (dos muchachitas y un muchachito con camiseta de Yo La Tengo) que practican un pop indie garajero sin pretensiones. Nada memorable, pero sirve de aperitivo a la primera actuación que espero ansioso, la de Comet Gain. La banda británica ha de luchar contra problemas de sonorización, pero se entregan con ganas reivindicando su gran cancionero, en particular varias joyas de su recomendable elepé City Fallen Leaves (2005) [la exuberante “The Fists in the Pocket”, que he escogido para iniciar el programa, es la encargada de abrir el recital].

Comienza a anochecer y es el momento para Echo & The Bunnymen. La que fue una de las mejores bandas de los ochenta mantiene el tipo muy bien tanto en disco como en directo. Desde que resucitaron a mediados de los noventa han editado discos fantásticos como Evergreen (1997) y Siberia (2005), pero hoy toca revival: tienen el reto de recrear sus dos primeros elepés, Crocodiles (1980), que suena íntegro, y el seminal Heaven Up Here (1981), uno de los discos más plagiados de la historia (pregunten, por ejemplo, a The Edge de dónde sacaba ideas para los discos de U2). Es un placer escuchar canciones que no suelen caber en sus directos como “Show of Strenght” o “All I Want”. Pasan por alto un par de temas del disco para en los bises acometer tres clásicos de su repertorio posterior (“Bring on the Dancing Horses”, “Nothing Lasts Forever” y “Lips like Sugar”). Will Sergeant sigue siendo un guitarrista brillante y la voz de Ian McCulloch, que no se quita la gabardina ni las gafas oscuras ni un momento, cada vez se parece más a la de su admirado Leonard Cohen (será por todos los paquetes de tabaco que se zampa en el escenario).

El Poble Espanyol, con un aforo de cuatro mil personas, se ha quedado pequeño incluso para esta jornada inaugural y afuera han quedado dos mil almas, la mayoría guiris rezagados. ¿Te imaginas que te compras el abono de un festival en otro país para ver a tu grupo favorito y que cuando llegas te dicen que está lleno y te quedas fuera? Uff… cosas de los festivales.

Es algo que te puede pasar si no eres precavido, sobre todo en los conciertos que se celebran en el auditorio del Fórum, con capacidad para 3.000 personas (y este año hay alrededor de 40.000 cada uno de los tres días fuertes del festival…). Uno de los platos fuertes del festival, Sufjan Stevens, toca dos días en el auditorio, por lo que la organización había avisado de que se tenía que pedir reserva de entrada con antelación y unos días antes se sorteaban y te mandaban un correo electrónico si eras de los afortunados.

Jueves 26: Pasando sed por culpa de la informática. Saciados por el pop cósmico.

Bueno, Sufjan Stevens no es mi artista favorito, pero me gustan sus discos y me habían hablado maravillas de sus directos, así que había pedido reserva, pero no había recibido ninguna respuesta. A algunos de mis amigos les había tocado y a otros no. En cuanto llego al Fórum el jueves, pregunto en un puesto de información y me dicen que si no he recibido confirmación es que no tengo entrada, pero que se han guardado 300 plazas por día, o sea que haciendo cola un buen rato antes también puedo entrar… Aún faltan tres horas y antes quiero ver alguna cosilla y beber algo…

Veo un bar y cientos de personas haciendo cola, así que me voy a buscar alguna barra alejada y comienza la epopeya: resulta que, debido a un problema electrónico-informático no funcionan las tarjetas-entrada, en las que previamente habíamos puesto saldo, en prácticamente ninguna de las barras de todo el Fórum (¡y no habían previsto que esto podía suceder!). Me encuentro un colega y nos ponemos a hacer cola en una de las que funcionan, pero aquello no avanza, es desesperante.

Y yo he venido aquí a escuchar música, así que me olvido de la sed y me voy hacia el escenario San Miguel, donde enseguida aparece el grupo gallego Triángulo de Amor Bizarro, que cumplen mis expectativas con un concierto contundente. Hasta los guiris flipan.

Voy hacia el auditorio, para que ver cómo está el patio (o sea, la cola) y, al no ver demasiada gente, me arriesgo a ir a tomar algo a uno de los bares de las cercanías del festival. Una vez saciada la sed, a encarar la cuesta del Fórum otra vez.

Lo cierto es que pese a los problemas de aforo que puede ocasionar, es todo un lujo disponer del auditorio para ver a algunos de los artistas que vienen al festival. El sonido allá dentro es magnífico, y poder disfrutar cómodamente de algunos recitales se agradece. Sin duda es uno de los alicientes del Primavera Sound. (Por desgracia, este año no han programado en él demasiada cosa que me interese. Otros años me he pasado aquí alguna tarde entera.)

Bueno, mientras los ganadores de la subasta van entrando al auditorio (entre ellos, mis amigos Sergi y Mónica, que conseguirán guardarme un sitio entre las primeras filas, ¡bravo por ellos!), yo me quedo en la cola de los “sin reserva”, a los que, finalmente, nos dejan pasar media hora antes del show.

Cuando sale al escenario Sufjan Stevens con sus alas (¿de cisne?) en la espalda y su numerosa banda (todos disfrazados de seres del espacio) y acomete la primera canción (magnífica “Seven Swans”), certifico que la hora de espera ha valido la pena. Aquello suena grandioso e íntimo a la vez. Por momentos, parece un show de Prince en los ochenta. En castellano, nos explica que él generalmente hace folk pero que hoy nos ofrecerá un concierto de pop cósmico (!). No importa cómo definirlo, se trata de un soberbio espectáculo, donde hay momentos para la diversión y para la emoción (como en esa versión que se marca él solito del tema de R.E.M. “The One I Love”). El concierto dura dos horas (el más largo que recuerdo en mis nueve años de Primavera Sound) y tiene un final apoteósico con “Chicago”, temazo incluido en su mejor disco, Illinois (2005) [y que he seleccionado para el programa].

De vuelta al mundo real, siguen los problemas de abastecimiento. La organización ha decidido que, ya que el problema informático no se arregla, se puede pagar en efectivo en las barras. Vale, hago un rato de cola y cuando le acerco un billete de diez euros al camarero me dice que no tiene cambio (y me quedo sin cerveza). Hay que joderse.

En fin, ya beberemos después, que están a punto de tomar el escenario los Grinderman de Nick Cave. Y salen en tromba: el australiano puntúa para convertirse en el nuevo Iggy Pop, restregándose el paquete y tirándose al público, la banda suena salvaje (con el tremendo Warren Ellis descontrolando como el que más) y repasan con autoridad sus dos discos. [Escojo una perla de Grinderman 2 (2010) para el programa, “Palaces Of Montezuma”, un momento de relativo sosiego durante la tempestad.]

Tras el concierto, un breve momento de relax para comer algo y beber una birra (por fin), y hacia el escenario Ray-Ban para ver a los neoyorquinos Suicide, que han de interpretar enterito su legendario primer disco, aparecido en 1977. Mucho ha llovido desde entonces. ¿Su cantante Alan Vega es ese anciano que camina con dificultades y cuya voz, que tantas veces nos había estremecido, no expresa absolutamente nada? Corramos un tupido velo. Hubiera sido mejor no asistir a esto.

Son más de las dos de la mañana, el cansancio se va apoderando de todos, pero aún falta otra de las atracciones de la noche, The Flaming Lips. Musicalmente, llevan dos lustros de decadencia, pero su puesta en escena es deslumbrante: docenas de personas disfrazadas de personajes del Mago de Oz, globos, serpentinas, rayos de luz que salen de unas manos gigantes, su líder, Wayne Coyne, paseando por encima de los espectadores dentro de una burbuja gigante transparente… Acaban de publicar un disco donde versionean de cabo a rabo el Dark side of the Moon de Pink Floyd y espero que toquen alguna pero no lo hacen. Me he de conformar con algunas brillantes piezas de su repertorio no reciente [como esa psicodélica “Race For The Prize” de su disco The Soft Bulletin (1999), que he elegido para el programa].

Acabado su concierto, salgo del Fórum y, al ver la multitud que espera a los autobuses que te acercan hacia el centro de la ciudad, me alegro de haber venido en coche (total, si me paran para soplar, no habrá problema).

Viernes 27: Rock’n’roll y gente corriente.

Uno de los alicientes del festival es a la vez uno de sus defectos: la enorme oferta de conciertos. Con tantos escenarios, a veces hay hasta media docena de conciertos a la misma hora. Este año, previendo que la cosa iría a más, los organizadores han decidido sumar un escenario más y lo han llamado “Llevant” pero hubiera sido más apropiado bautizarlo “Quinto pino”, porque es allí donde está. ¡Joder!, acaba uno caminando kilómetros con el Primavera.

Durante meses, se va dando a conocer a cuentagotas el cartel del festival, y los que tenemos el abono nos alegramos con ciertos nombres pero, a la vez, sufrimos sabiendo que tal vez programen a dos de tus bandas favoritas a la misma hora… Dos semanas antes del festival aparecen los horarios y es la hora de la verdad: “Argh, fulanito toca a la vez que menganito, mierda, por cuál me decido… El bolo de Pepito se solapa con el de Paquito… ¿veo un cacho y luego me voy al otro?…” Sí, señor, dudas existenciales que te martirizan, antes, durante y después (“¿Cómo es que no viste el concierto de tal?” “Es que estaba en el concierto de cual (que resultó ser un peñazo)”).

Muchas veces te gustaría tener el don de la ubicuidad de que hacen gala algunos periodistas que al día siguiente explican al detalle conciertos que han transcurrido a la misma hora en diferentes escenarios. ¿Cómo lo harán?

Total, que si ayer, por culpa de no poseer ese don, ya me perdí cosas que me hubiera gustado ver (Sonny & The Sunsets, P.I.L., Big Boi, Glenn Branca…), el viernes la cosa se me complica aún más. Para empezar, tocan a la vez tres bandas que me gustan y nunca he visto: The Monochrome Set, The Fiery Furnaces y Male Bonding. Me decido por los primeros, porque pienso que los otros tienen más probablidades de venir de gira próximamente.

Con puntualidad (como el 99% de los conciertos del festival: en esto sí que han ganado con los años), aparece la banda londinense con su sobrio cantante Bid al frente. La pinta del teclista, con vestido largo de mujer, es demencial, y el magnífico guitarrista Lester Square, con camisa de paramecios y bigote daliniano, parece salido de una película de Richard Lester. Traen la maleta cargada de aquellas canciones estupendas que grabaron en plena resaca post-punk. [Como muestra, la irresistible “The Jet Set Junta”, que podremos escuchar en el programa.] Pasamos un buen rato, aunque un amigo me apunte malicioso que ha sido un “monotone set”.

Y vamos hacia el escenario principal, donde está a punto de salir M. Ward y su banda. Con lo íntimos que suenan sus discos, pienso que hubiera sido mejor que lo programaran en el auditorio. Me equivoco por completo. El norteamericano nos sorprende con un pedazo de sesión de rock’n’roll. Es uno de los mejores cantantes actuales y me hace pasar una de las mejores horas de este festival. ¡Qué grande que es el tío! No sólo disfrutamos con la versión de Buddy Holly que aparece en su último disco [y que he elegido para el programa, “Rave On”]. También, con la gran canción de Daniel Johnston que grabó para su imprescindible elepé Post War y con un final demoledor gracias al “Roll Over Beethoven” de Chuck Berry. La euforia se apodera de mí. Yeah!

Próxima parada: 1978. Es el año en que se publicó el genial The Modern Dance de Pere Ubu. Y aquí están para reinterpretarlo entero junto a singles de la época. Y lo hacen la mar de bien, e insertando comentarios jocosos entre canción y canción (lástima que con mi inglés de nivel Zapatero no pillo ni la mitad). Por otra parte, en el escenario ATP han de tocar Half Japanese y no me los quiero perder. Así que, tras 25 minutos de “Baile moderno” (je), dejo a David Thomas y sus secuaces, no sin antes haberla gozado con una de mis canciones preferidas para pinchar en noches locas, “Non Alignment Pact” [artefacto puro de art-punk que podremos escuchar en el programa].

 

Jad Fair, el líder de Half Japanese, no tiene fama de ser un tipo muy centrado que digamos. Así que la sorpresa es mayúscula al comprobar que aquello suena de maravilla, pese a que hacia el final Fair rompa por la mitad la guitarra de juguete que lleva y haga como que toca con las cuerdas volando por ahí. No problem, su banda (que, según me chivan, es la misma con la que empezó hace 20 años) se compenetra perfectamente y musicalmente suenan sólidos como una roca.

Y luego, un nuevo dilema: los horarios de Belle & Sebastian y Low se solapan. Una escucha a sus respectivos últimos discos, inclina claramente la balanza hacia los segundos, pero antes quiero catar un poco a los escoceses, a los que nunca he podido ver en directo. Así que me acerco al escenario principal y lamento comprobar que poco queda ya de aquel grupo que nos encandiló con su sencillez a finales de los noventa. Ahora son la típica banda para festivales de verano.

Tras pasar por el control de avituallamiento vuelvo al escenario ATP, donde enseguida aparecen Low, con Alan Sparhawk dedicando la primera canción a la “Spanish revolution” y lanzándose a otro de sus recitales de tremenda intensidad. Es la quinta vez que los veo en directo y volvería a repetir mañana mismo. Su nuevo material es excelso (C’mon será uno de los discos imprescindibles de este 2011), pero además se acuerdan de gemas como “Sunflower” o “Canada”.

Poco después, en el mismo escenario se preparan para salir Shellac, otro de los grupos que no me canso de ver en directo (¡es la quinta vez en seis años que vienen al Primavera Sound!). Sin llegar al nivel de éxtasis que el terrorismo sónico del trío nos proporcionó el año pasado, lo cierto es que me lo paso en grande durante todo el bolo (y en primera fila). Secos, cortantes, fieros, pero divertidos, son realmente únicos. Acaban el show con su hilarante numerito de desmontarle la batería a Todd Trainer mientras sigue tocando como puede, hasta que sus compañeros se lo llevan en brazos.

Y cambiamos de tercio totalmente con el grupo causante de que hoy sea la jornada más multitudinaria de la historia del festival (aunque en todo podemos encontrar conexiones: Steve Albini, líder de Shellac, produjo el segundo disco en solitario de Jarvis Cocker, líder de Pulp). Nos acercamos a ver a los ingleses, pero llevan tocando veinte minutos y es tarde para conseguir un buen sitio (seguiremos el concierto desviando la mirada hacia las pantallas), aunque no para disfrutar con algunas de las mejores canciones del pop de los noventa, entre ellas la cautivadora “Babies” [que he elegido para el programa y que pertenece a su elepé His ’n’ Hers, de 1994].

Cuando se acerca el final, se dispara el delirio general al atacar su megahit “Common People”, que un entregadísimo Cocker tiene el detalle de dedicar a los “indignados” acampados en la plaza de Cataluña que esta misma mañana han sido brutalmente desalojados por la policía autonómica (según me ha informado mi hermano Pako antes por móvil, por la tarde la plaza ha vuelto a ser ocupada por miles de personas en solidaridad con aquellos). De hecho, el Fórum se ha llenado hoy de pancartas reivindicativas, una de las cuales reza “Spanish Revolution. Sing Along with the Common People”.

La noche anterior no he podido dormir más de tres horas y mis piernas flaquean cuando se acercan las 4 de la madrugada, pero aguanto estoicamente para ver a Battles, que no ofrecen un concierto demasiado interesante. Nada que ver con lo que se intuía de su fulgurante aparición en el documental All Tomorrow’s Parties, que pude ver el año pasado. Uff… las cinco de la mañana. A dormir.

Sábado 28: Exquisiteces, confirmaciones y brutalidades

Mi primera cita de hoy es para ver en el auditorio a John Cale, acompañado de su banda y de una orquesta, recreando su clásico disco de 1973 Paris 1919 [del que he seleccionado para el programa la deliciosa “Hanky Panky Nohow”]. Tras un agobiante rato de carreras y colas (una, inútil, para pillar entradas con reserva, que se acaban cuando estamos a punto de llegar a la taquilla), llega el esperado momento. El galés aparece con un traje tradicional (falda escocesa, ¿o será galesa?, incluida) y se le ve la mar de jovial. Está hecho un chaval ¡a sus 69 años!

La interpretación íntegra de su obra maestra es exquisita y muy fiel al original (se saltan, eso sí, el orden del disco para dejar la rockera “Macbeth” al final). Después, ya sin orquesta, tocan unos temas nuevos bastante flojos y que provocan deserciones entre el público. Por suerte, vuelve la orquesta y llega el momento más emocionante del festival para mí, con el rescate de dos viejos temas, “Hedda Gabler” (arrebatador) y “Captain Hook” (sublime). Y es que eso de reinterpretar entero un disco puede estar bien, pero se pierde emoción. Y además, la extensa carrera de John Cale está llena de grandes discos (a mí Fear o Music for a New Society me pirran tanto como Paris 1919) y sería injusto recordarle por uno solo.

Salgo del auditorio corriendo (literalmente) porque está empezando el concierto de Phosphorescent, autores de uno de mis discos preferidos del año pasado. El sol les da de lleno aún, pero están magníficos y para el final su country-rock se viste de Crazy Horse y nos rendimos a sus pies. No me los pienso perder cuando vuelvan por aquí.

Está a punto de comenzar la final de la Champions y miles de personas se dirigen hacia el escenario Llevant, donde la podrán seguir por las pantallas gigantes. Antes me han explicado (no sé si es cierto) que en principio San Miguel, principal patrocinador del Primavera Sound, no pensaba dejar retransmitir la final dentro del festival porque la copa esa de fútbol la patrocina Heineken, pero al final supongo que han sido pragmáticos y han visto que les es preferible tener a la gente en el festival privando su birra a 4 euros a que se vayan a su casa o a los bares de las cercanías (que bastante pasta se les escapó ya el jueves).

Mientras me dirijo hacia el escenario con nombre de santo bebedor, veo un corro de gente alrededor de una carpa diminuta (Ray-Ban Unplugged) y a un viejo conocido, Ignacio Julià, que me informa de que son Dean & Britta los que están tocando ahora. Sólo alcanzo a ver por momentos la cabeza de Dean Wareham, pero lo que suena es una delicia: bordan una acojonante versión de “Indian Summer” de Beat Hapenning. Me hace pensar en cambiar de plan esta noche e ir a ver cómo resucita los temas de su antigua banda Galaxie 500. Dependerá de PJ Harvey, que empezará a tocar media hora antes (si no me convence, me iré a ver a Dean Wareham).

Acabado el miniconcierto de Dean & Britta y tras charlar un rato con el maestro Julià, me voy a ver a Fleet Foxes. No me convencen. Su saqueo del catálogo de The Beach Boys y The Incredible String Band tiene su atractivo pero lo veo falto de sustancia. Aprovecho para llenar panza y gaznate viendo desde las gradas del escenario ATP a The Album Leaf, cuya propuesta (unen cuerdas con electrónica) no carece de interés pero tampoco mata.

 Se hace la hora de ir al escenario con nombre de gafas para ver a los inefables Einstürzende Neubaten, comandados por Blixa Bargeld, antiguo compinche de Nick Cave. Asistir a un show de los alemanes y el arsenal de cachivaches con el que construyen su música (incluidos taladros y demás) supone toda una experiencia.

 Y, tras la victoria del Barça, llega uno de los mayores reclamos del festival, la actuación de PJ Harvey, en cuya actual banda militan el inconmensurable John Parish y, curiosamente, otro ex de Nick Cave, el solvente Mick Harvey. La diva aparece abrazada a su autoarpa, que sólo sustituirá en algunos momentos por la guitarra, y nos cautiva a todos con unas interpretaciones magníficas, así que me quedo sin viajar a la Galaxia 500. Gran parte del repertorio pertenece a su última obra, donde se ha reinventado a sí misma, con un sonido que parece mirar de reojo a los discos de Eels [como muestra, para el programa, la canción que da título al elepé, “Let England Shake”]. También rescata viejos temas, tres de ellos pertenecientes a uno de sus mejores discos, To Bring You My Love. Sin duda, Polly Jean se erige en una de las triunfadoras del festival.

Bajo satisfecho hacia el escenario Ray-Ban sin prever que se avecina el concierto que más me entusiasmará en lo que va de año. De hecho, no he escuchado mucho a Swans, la veterana banda neoyorquina que reapareció hace unos meses con un gran disco. Algunos de sus trabajos de los ochenta se me hacen indigestos, la verdad, así que me coloco de manera que pueda huir si es necesario hacia el concierto de la Blues Explosion que empezará media hora más tarde en el escenario ATP (aunque la última vez que vi a Jon Spencer y compañía me decepcionaron bastante, habían sido una de las mejores bandas del mundo en directo). Suena el primer tema de los cisnes de Michael Gira y no sólo no huyo sino que me acerco todo lo que puedo al escenario, porque lo que están tocando allá arriba estos seis jinetes del apocalipsis es arrebatador. El adjetivo brutal se queda corto. Arman un ruido tremendo pero lleno de matices. Poseen un control absoluto sobre la furia desbocada que desatan. La bomba, vaya.

 Mi percepción de que estamos ante un concierto histórico la comparten amigos y conocidos. Tan entusiasmado como yo, o más, encuentro al tremendo guitarrista de Cuzo Jaume Pantaleón (antes en 12Twelve).

 Impresionado como estoy por lo que acabo de vivir, me cuesta conectar con el siguiente concierto, aunque es el de una de mis bandas favoritas del nuevo milenio, Animal Collective. Ofrecen un show muy disperso, a diferencia del que tanto disfruté hace tres años en el mismo escenario.

 La madrugada avanza y me acerco al escenario Pitchfork, donde ha de actuar una banda que no conozco, The Black Angels. Hace unos días me encontré con mi amigo Roger Estrada (redactor de la revista Ruta 66, entre otras muchas cosas) y me recomendó que no me los perdiera. Hizo bien. Los texanos nos hacen pasar un rato de puta madre con su rock’n’roll de piel psicodélica. Me parece estar escuchando a los Seeds.

 Fin, me paso por una taquilla para que me devuelvan la pasta que había vinculado a la tarjetita (que finalmente no ha funcionado ningún día) y para casa.

 

Domingo 29: “I’m so happy…”

 De los conciertos que cierran el festival el domingo en el Poble Espanyol, sólo me acerco al de los veteranos BMX Bandits. Después tocan Mercury Rev, grupo de glorioso pasado, pero la última que los vi me parecieron insufriblemente ñoños, así que paso.

Además, los bandidos escoceses ofrecen el perfecto colofón para esta edición del Primavera Sound con sus luminosas melodías de pop vitamínico. Después de versionear también a Daniel Johnston, acaban el concierto con “E102” [que nos servirá también para cerrar el programa con una sonrisa en la cara] y su radiante estribillo “I’m so happy…”. Y así, feliz, me despido hasta el año que viene.

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Comments
2 Responses to “Crónica 07: CRÓNICAS PRIMAVERALES: 2011, AÑO DE CISNES. Por Juan Carlos “Badlands”.”
  1. Anónimo dice:

    Gran crónica del Primavera! Me ha transportado de nuevo al Forum.

    A mi, el abarrotamiento del respetable, me va a hacer desistir en el futuro, aunque ya veremos que digo cuando se acerque el próximo!
    Me falta la reseña de Lüger, malasañeros que practican un Krautrock-bestial-la madre-que-me-pario, que me dejaron sin aliento, ni sesera. Junto con Grinderman, mis favoritos. Eso sí, no vi a los Swans. Hasta el año que viene, o no!

  2. Anónimo dice:

    Me despisté sin firmar el comentario de arriba.

    Germán Traver

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